En la medida que las normas se cumplen se puede generar un ambiente más pacífico,
con menos obstáculos en la transmisión de contenidos y facilitando el aprendizaje. También
estas mismas normas posibilitan el trabajar en el equipo escuela-familia en pos de lograr
consensos de información, formas de pensamiento y valores. De allí la importancia de que
los miembros de la familia y el cuerpo de profesores o directivos de la escuela, se hallen en
contacto en pos de generar un aprendizaje funcional y saludable (Cucco et al, 2019).
Una convivencia escolar equilibrada implica la funcionalidad y regulación de las
relaciones entre sujetos diferentes (Siede, 2007). Por lo tanto, la convivencia debe estar
articulada por normativas claras y el gran desafío consiste en crear organizaciones educativas
pensadas bajo paradigmas pedagógicos integrativos, sostenidos en la diversidad y la
inclusión social, creando consciencia de igualdad de derechos. Además, que contengan ideas
superadoras de concepciones segregacionistas, estereotipos binarios, prejuicios sociales,
patrones estéticos clasistas que condenen vestimenta, color de piel, pobreza, etc. Para la
elaboración de estar normativas es necesario partir de conceptos epistemológicos sistémicos
superadores del individualismo e intentar bregar por la solidaridad social, en el sentido de
entender que somos un todo y las conductas propias implican a las actitudes de los demás.
El contexto para desarrollar una autoridad que favorezca a la inclusión es el “aula
heterogénea”. Pensar el aula como una unidad heterogénea resulta fundamental para el
abordaje de la educación desde el paradigma de la inclusión. Entenderla como un dispositivo
donde se conjugan y potencian diferentes propuestas, espacios y tiempos, donde cada
estudiante aprenda todo lo que le sea posible aprender y “donde la posibilidad (heterogénea)
deviene de las condiciones (diversas) que seamos capaces de inventar (Filidoro, 2018).
Una educación de calidad implica necesariamente posicionarnos desde la perspectiva de
una “Educación para Todos”, en donde los derechos de cada estudiante sean respetados,
garantizándole la posibilidad de desarrollar su potencial y atendiendo a sus necesidades
particulares. Educación para todos, en términos de derecho igualitario y obligación a
aprender, “educación individual”, en función de entender que debe particularizarse de
acuerdo con las necesidades y capacidades de cada estudiante.
Que la inclusión requiere una co-construcción y reconstrucción resulta evidente.
Entonces “no soy yo” como ser individual quien labra una identidad, sino que la identidad se
construye en un proceso interaccional donde la persona confirma a los otros y los otros
confirman a los alternativos interlocutores (Linares 1996). La confirmación hace a la
“existencia humana”, mientras que la “desconfirmación” somete a una muerte simbólica
(Watzlawick et al, 1981). Esto es un indicador de la importancia de las funciones sociales y
de los rótulos que se les adjudican a las personas y son esos rótulos equivocados o no, los
que confirman la presencia y la identidad de los otros. Por tales razones el trabajo colaborativo
de los distintos actores es tan importante, porque facilita la apertura e implantación de nuevas
perspectivas ante la realidad diversa del aula, nos invita a repensar las propias prácticas
docentes, como así también las estrategias y metodologías utilizadas, incluso, la modalidad
de evaluación. Porque la educación es un vehículo para la inclusión y el respeto.
Paradojalmente, trabajamos y apoyamos la educación para la diversidad y en paralelo
necesitamos como sociedad, imponerla con leyes lo que los sistemas tendrían que manejarse
de manera espontánea. Debemos imponer una perspectiva inclusiva y comunitaria, mediante
normas y conceptos como “no diferencia”, “solidaridad”, “inclusión”, “reconocimiento del otro”,
“respeto”, “derechos humanos”, entre otros. Es un deber cambiar el estereotipo que afirma
que solamente la educación es para unos pocos y no para la mayoría de las personas,
reivindicando a la escuela pública y rompiendo con la asociación de que si es pública es una
“escolaridad mediocre”. La escolaridad privada ha ganado territorio y en cierta manera, este
proceso es isomórfico con los finales del 1800 donde solo accedía a la educación, una
burguesía ilustrada (Losada, 2016).
Aceptar la diferencia y el respeto en el contexto educativo, en donde compartan
diferentes estratos sociales, posibilidades, etnias, niños, niñas y adolescentes con
discapacidades físicas, mentales o emocionales, muestran la inclusión que siempre es
saludable y funcional en los sistemas. Es un desafío poder establecer vínculos de sociabilidad