Retos de la Ciencia  
Enero, 2026  
Vol.10, No. 21, 47-62  
htps://doi.org/10.53877/rc10.21-608  
El aburrimiento como fenómeno complejo: Una revisión  
interdisciplinaria desde una aproximación cognitiva, afectiva,  
neurobiológica y social  
Boredom as a Complex Phenomenon: An interdisciplinary review across  
cognitive, affective, neurobiological, and socio-cultural approaches  
Monica Prandi  
Universidad de Flores. Argentina.  
Marcelo R. Ceberio  
Universidad de Flores. Argentina.  
https://orcid.org/0000-0002-4671-440X  
2Autor de correspondencia: marcelorceberio@gmail.com  
Recibido: 01-09-2025  
Aceptado: 10-11-2025 Publicado: 05-01-2026  
Cómo citar: Pradi, M. y Ceberio, M. (2025). El aburrimiento como fenómeno complejo: Una revisión  
interdisciplinaria desde una aproximación cognitiva, afectiva, neurobiológica y social. Revista  
Científica Retos de la Ciencia, 10(21), pp. 47-62. https://doi.org/10.53877/rc10.21-608  
RESUMEN  
Numerosas investigaciones sobre el aburrimiento han situado aspectos relevantes de su  
fundamentación teórica. Sin embargo, la evidencia disponible presenta limitaciones para  
consensuar una definición, separarla de sus correlatos, explicar las conductas contradictorias  
que promueve e integrar sus múltiples facetas. Mediante una revisión no experimental,  
documental, cualitativa, de tipo descriptiva–analítica, con alcances exploratorios y  
descriptivos, se sintetizaron diversas investigaciones sobre el aburrimiento articulando  
perspectivas cognitivas, afectivas, funcionales, neurobiológicas y socioculturales; inicialmente  
abordado de modo dicotómico, el campo aún enfrenta desafíos para pensarlo como estado y  
rasgo. Los enfoques cognitivos, afectivos y funcionales lo describen como un estado aversivo  
marcado por desajuste atencional, pérdida de sentido y agencia, y evaluaciones de bajo  
control y valor, que actúa como señal para el cambio. Los hallazgos neurobiológicos muestran  
la implicación de la corteza prefrontal y de la red neuronal por defecto, confirmando su rol de  
señal. Las experiencias pasadas y las emociones se combinan y crean marcadores somáticos  
que regulan diversas funciones fisiológicas. El marcador somático incluye también la cultura,  
en tanto la experiencia que la persona tiene interactuando con su entorno, e influye para  
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evaluar y responder a una situación. El análisis conjunto de estas perspectivas evidencia la  
necesidad de abordajes interdisciplinarios que reconozcan la complejidad del fenómeno e  
integren interdisciplinariamente, la dinámica entre recursos subjetivos y contexto.  
PALABRAS CLAVE: aburrimiento; emoción; neurociencia; cognición; identidad cultural.  
ABSTRACT  
Numerous studies on boredom have identified relevant aspects of its theoretical foundations.  
However, the available evidence shows limitations in reaching a consensual definition,  
distinguishing it from its correlates, explaining the contradictory behaviors it promotes, and  
integrating its multiple facets. Through a non-experimental, documentary, qualitative,  
descriptive–analytical review with exploratory and descriptive scope, various investigations  
on boredom were synthesized by articulating cognitive, affective, functional, neurobiological,  
and sociocultural perspectives. Although initially approached in a dichotomous manner, the  
field still faces challenges in conceptualizing boredom as both a state and a trait. Cognitive,  
affective, and functional approaches describe it as an aversive state characterized by  
attentional misalignment, loss of meaning and agency, and evaluations of low control and  
value, functioning as a signal for change. Neurobiological findings show the involvement of  
the prefrontal cortex and the default mode network, confirming its signaling role. Past  
experiences and emotions combine to create somatic markers that regulate diverse  
physiological functions. The somatic marker also includes culture, insofar as individuals’  
experiences interacting with their environment shape how they evaluate and respond to  
situations. The joint analysis of these perspectives highlights the need for interdisciplinary  
approaches that acknowledge the phenomenon’s complexity and integrate, in an interrelated  
manner, the dynamics between subjective resources and context.  
KEYWORDS: boredom; emotion; neuroscience; cognition; cultural identity.  
INTRODUCCIÓN  
El aburrimiento es una vivencia desagradable, aversiva y prevalente que experimentan  
personas de todas las edades y en diversos contextos (Chin et al., 2017; Ng et al., 2015). La  
literatura afirma que el 63% de los adultos se aburren al menos una vez cada 10 días; y se  
presenta en un 2.8% de cada 30 minutos (Chin et al., 2017). Suele vivenciarse en situaciones  
percibidas como carentes de novedad o significado (Chan et al., 2018; Van Tilburg & Igou,  
2017a, Igou et al., 2024), que no captan la atención (Hunter & Eastwood, 2018), donde no se  
utilizan plenamente los recursos cognitivos (Westgate, 2020; Elpidorou, 2023; Hunter &  
Eastwood, 2018), o con poca autonomía percibida (Tam et al., 2021; Eastwood & Gorelik 2024).  
Cuando las personas se sienten aburridas perciben que el tiempo transcurre lento (Tam et al.,  
2021; Weis et al., 2021; Wolff et al., 2024) y siempre hacen una evaluación negativa de la  
situación actual (Elpidorou, 2018, 2024), sea porque se trata de una actividad monótona y  
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carente de estimulación, o porque los estímulos sobrepasan los recursos cognitivos  
disponibles (Westgate & Steidle, 2020).  
El aburrimiento puede presentarse con baja excitación, aunque algunos episodios se  
dan con excitación alta o mixta (Merrifield & Danckert, 2014; Van Tilburg & Igou, 2017a,  
Danckert & ELpidorou, 2023). A pesar de que el aburrimiento es una experiencia usual, con  
impacto en distintas esferas de la vida personal y en la sociedad (Asimov, 1964; Harari, 2018,  
Goetz, 2019; Harari, 2024), los estudios empíricos comenzaron a finales del siglo XX (Camerini  
et al., 2023). Según Vodanovich y Watt (2016), la medición de cualquier constructo depende  
de la forma en que se conceptualiza y define, y sostienen que el aburrimiento puede ser  
definido y medido como estado (transitorio) o rasgo (crónico), en forma general o según el  
contexto en el que se produce.  
El estado de aburrimiento es el estado afectivo transitorio que se experimenta, por  
ejemplo, en situaciones de espera, en clases o en el trabajo, realizando tareas monótonas o  
cuando no se tiene nada que hacer; mientras que el rasgo es la propensión al aburrimiento, un  
rasgo de personalidad, (Chin et al., 2017; Elpidorou, 2024; van Tilburg, 2024). La investigación  
mayormente se centró en el rasgo porque se basó en la Escala de Propensión al Aburrimiento  
(BPS), que fue la técnica más utilizada (Vodanovich, 2003; Vodanovich & Watt, 2016; Westgate  
& WIlson, 2018).  
Otros autores sostienen que el aburrimiento no se reduce a un estado ni a un rasgo, ya  
que también depende del deseo de hallar actividades significativas, y la variedad de  
reacciones ante contextos similares indica que no basta la predisposición para que surja  
(Elpidorou, 2022; Igou & van Tilburg 2017; Tam et al., 2021). Danckert y Elpidorou (2023)  
señalan que los dos tipos de aburrimiento están relacionados, aunque hay que diferenciarlos,  
señalando que el estado puede ser útil y adaptativo mientras que el rasgo suele asociarse con  
disfunción o vulnerabilidad psicológica. En esa línea, Ros Velasco (2022) distingue un  
aburrimiento cronificado, que se da cuando las personas no tienen posibilidad de modificar  
la situación en que se encuentran. Muchos estudios tienden a centrarse solo en uno de los dos  
niveles, rasgo o estado, lo que empobrece la comprensión global del fenómeno (Ros Velasco,  
2022; Danckert y Elpidorou,2023).  
La definición del aburrimiento no está consensuada, pero hay cierta coincidencia en  
entenderlo como un estado aversivo que las personas experimentan cuando quieren participar  
en una tarea satisfactoria o significativa y no pueden hacerlo (Eastwood et al., 2012; Danckert,  
2019; Danckert et al., 2018; Elpidorou, 2024; Westgate & Steidle, (2020); Tam et al., 2021).  
Las múltiples facetas del aburrimiento dificultan su definición así como también su  
diferenciación de otros estados afectivos adversos, de los problemas de atención (Goldberg et  
al., 2011; van Tilburg & Igou 2017ª; Velasco, 2022), de las conductas impulsivas (van Tilburg  
et al., 2019; Kılıç et al.2020; Miao et al.,2020), de la infrautilización de las capacidades  
cognitivas (Danckert & Elpidorou, 2023; Eastwood & Gorelick, 2024; Westgate, 2020), y de las  
dificultades de agenciamiento (Eastwood & Gorelick, 2024).  
Wolff et al. (2024) también señalan que muchos de los estudios dejan indiferenciado el  
aburrimiento de las estrategias que las personas utilizan para salir de esa situación (coping).  
A estas limitaciones se suman las imprecisiones de los instrumentos de medición (Camerini  
et al., 2023; Vodanovich & Watts, 2016) y la falta de consistencia resultante de dichas  
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limitaciones en los estudios. Por ejemplo, el aburrimiento puede dar lugar a comportamientos  
creativos tanto como destructivos, promover conductas prosociales o antisociales, se presenta  
con alta o baja excitación, puede ser causa de una falla en la atención o bien la atención decae  
porque la persona está aburrida, los individuos se aburren bien haciendo algo o sin hacer nada  
(Danckert & Elpidorou, 2023; Elpidorou, 2024; Tam et al., 2021; Van Tilburg & Igou, 2012;  
Westgate & Steidle, 2020).  
MÉTODOS Y MATERIALES  
De acuerdo con la tipología propuesta por Hernández Sampieri, esta investigación  
corresponde a un estudio no experimental, documental y de enfoque cualitativo, dado que se  
sustenta en la recopilación, revisión y análisis crítico de literatura especializada sin  
intervención directa sobre variables ni recolección de datos empíricos.  
En cuanto a su alcance, se caracteriza como una investigación exploratoria y  
descriptiva, ya que aborda un fenómeno complejo y con limitada consolidación conceptual,  
como es el aburrimiento, con el fin de identificar sus principales dimensiones cognitivas,  
afectivas, funcionales, neurobiológicas y socioculturales. Asimismo, se configura como un  
estudio descriptivo–analítico, pues compara, integra y examina distintas perspectivas  
teóricas, señalando tensiones, vacíos y la necesidad de enfoques interdisciplinarios que  
articulen la interacción entre los recursos subjetivos del individuo y su contexto.  
El Aburrimiento desde diferentes modelos y Autores  
El aburrimiento es una experiencia compleja que ha dado lugar a múltiples acercamientos.  
Ros Velasco (2019, 2021) sostiene que históricamente la filosofía, la teología, la antropología,  
la sociología, la literatura y el arte se ocuparon del aburrimiento. El psicoanálisis también se  
enfocó en el estado de aburrimiento normal y patológico (Fenichel, 1951; Anton y Velasco,  
2019). Actualmente, la psicología es la disciplina que principalmente lo estudia, generando  
modelos de abordaje que enfatizan los aspectos cognitivos, afectivos y funcionales del  
constructo.  
Los estudios cognitivos señalan que la dificultad de atención siempre forma parte de  
la experiencia de aburrirse (Eastwood et al., 2012; Hunter & Eastwood, 2018; Danckert &  
Merrifield, 2018; Tam, 2021). El aburrimiento es un estado desagradable en el que las personas  
luchan por mantener su atención en la actividad actual (Elpidorou & Danckert, 2023; Goetz et  
al., 2023). Pero se puede experimentar aburrimiento aun cuando no se esté haciendo algo en  
particular (Harris, 2000; Westgate & Wilson, 2018; Poels et al., 2022). Según Eastwood et al.  
(2012) el aburrimiento es un estado aversivo en el que las personas desean, pero no son  
capaces de participar en una actividad satisfactoria. Otros autores reenfocaron la idea de que  
en el aburrimiento hay un fracaso de la atención y precisaron una utilización inadecuada de  
los recursos cognitivos o “una mente desocupada” (Danckert & Elpidorou, 2023; Eastwood &  
Gorelick, 2024; Tam et al., 2021; Westgate & Steidle, 2020).  
Otros aspectos cognitivos subrayados en la literatura dan cuenta de que el  
aburrimiento también se vincula con la falta de significado (Fahlman et al., 2009; Ros Velasco,  
2023; Tam et al., 2021; Van Tilburg & Igou, 2011, 2012, 2024; Svendsen, 2016; Westgate, 2020).  
Partiendo del supuesto existencial de búsqueda de sentido y su regulación, las investigaciones  
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neurobiológica y social  
afirman que las personas se aburren ante la falta de sentido de la situación e intentan  
contrarrestarlo participando en actividades que impactan en la propia vida y la cultura (Igou  
et al., 2024). El significado producido no debe ser necesariamente positivo, pero las  
experiencias de aburrimiento se distinguen de otras emociones negativas como la ira o la  
frustración (Bench & Lench, 2013, 2019; Elpidorou, 2018; O’Dea et al., 2024; Tempelaar &  
Niculescu, 2022; Pekrun, 2024).  
Las evaluaciones cognitivas también están involucradas en el aburrimiento e implican  
una interpretación del entorno considerando las emociones, el significado personal y las  
reacciones motivacionales (Tam et al., 2021; van Tilburg, 2019; Parker et al., 2021). Las  
percepciones de significado son evaluaciones y juegan un papel en los procesos de  
autorregulación cuando las personas se aburren (Igou, 2024; Van Tilburg & Igou, 2017a;  
Elpidorou, 2018a; 2024b). Además, la experiencia de aburrirse se halló asociada con el sentido  
de agenciamiento que tiene una persona.  
Según Bandura (1997), la agencia es la capacidad de una persona para formular,  
ejecutar y sostener metas con intención, previsión, autorregulación y autorreflexión; o sea,  
cuando la persona se vuelve agente de la acción. Eastwood y Gorelik (2024) postulan que el  
aburrimiento se caracteriza por querer hacer algo, pero nada de lo que está disponible, lo que  
deja la mente desocupada y las capacidades cognitivas subutilizadas; y proponen entender el  
rasgo de aburrimiento como la experiencia frecuente del estado de aburrimiento, causada por  
una falta crónica de agencia.  
En cuanto al aspecto afectivo, el aburrimiento fue excluido de los estudios sobre las  
emociones (Ekman, 1992; Lazarus, 1991). Se lo caracterizó como un estado de ánimo,  
entendiéndolo como la ausencia total de emoción o sentimiento (Westgate, 2020). Fue  
confundido con la apatía por no distinguirse su naturaleza volitiva, que implica un deseo de  
buscar una actividad alternativa o escapar de la situación (Elpidorou, 2018; Ros Velasco, 2018;  
Westgate, 2020). Cuando el aburrimiento se dejó de lado por los investigadores de las  
emociones, fue retomado en el campo de la educación y en el lugar de trabajo (Goetz et al.,  
2014, 2024; Westgate & Steidle, 2020; Finkielsztein, 2020; Sánchez-Cardona, 2020).  
Pekrun y Goetz (2024) lo definen como una emoción resultante de evaluaciones de  
bajo valor y control, e integran antecedentes y consecuencias que permiten estrategias de  
regulación. El aburrimiento, en tanto es una emoción, informa y regula los comportamientos.  
Es decir, la sensación de aburrirse opera como una señal de alarma que produce una acción  
consecuente, por ejemplo, quedarme cerrado en el acto de aburrimiento, o entrar en un  
circuito de acciones que lo resuelvan, inclusive acciones preventivas.  
En esa dirección se integran las teorías funcionales del aburrimiento. Cuando se  
percibe una deficiencia en el significado de la tarea, se impulsa la búsqueda de alternativas  
más significativas (Van Tilburg & Igou, 2012; Van Tilburg & Igou, 2019). Para Bench y Lench  
(2019) el aburrimiento facilita la exploración, aunque la nueva experiencia resulte  
desagradable. Elpidorou (2014, 2018a) propone que, frente a una situación insatisfactoria, se  
promueve una acción, pero alineada con las aspiraciones personales que facilitarían el  
crecimiento personal y el logro de una vida significativa. Danckert y Elpidorou (2023)  
conceptualizan el aburrimiento como una señal de alarma que empuja a hacer un cambio en  
la situación actual, desempeñando un papel fundamental en la autorregulación del  
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comportamiento. El aburrimiento contribuye a la regulación del compromiso cognitivo y ello  
depende de factores ambientales y psicológicos; sin embargo, aún no se esclarece cómo se  
pasa a la acción (Danckert & Elpidorou, 2023; Elpidorou, 2024; Mugon et al., 2020).  
Además de las concepciones cognitivas, afectivas y funcionales del aburrimiento que  
se vienen explorando en el campo de la psicología, los nuevos estudios neurocientíficos se  
incorporan a los enfoques interdisciplinarios que se hicieron previamente, ampliando el  
campo de investigación y evidenciando la relevancia y complejidad del constructo en distintos  
contextos.  
El aburrimiento implica correlatos fisiológicos y neurológicos que involucran a la  
corteza prefrontal (Tabatabaie et al., 2014) y la actividad de la red neuronal por defecto, lo que  
influye en la búsqueda de actividades más estimulantes (Danckert & Merrifield, 2018). Por  
otra parte, cuando el aburrimiento se considera una emoción, también pone en juego la  
neurobiología y, desde ese punto de vista, se puede vincular a la toma de decisiones. Las  
emociones juegan un papel indispensable para la racionalidad, proporcionando un  
fundamento necesario para tomar decisiones en la vida cotidiana y en situaciones complejas  
(Damásio, 1994).  
La toma de decisiones es un proceso que involucra las emociones y las funciones de  
evaluación, control y motivación; lo que implica una interacción compleja entre diferentes  
sistemas neurocognitivos, incluyendo áreas como la corteza prefrontal, el sistema límbico y el  
sistema dopaminérgico (Bechara et al., 1997; Damásio, 1994, 2018; O'Doherty et al., 2017;  
Redish et al., 2008). El aburrimiento, en tanto emoción que llama a la acción, promueve una  
variedad de conductas que a veces contribuyen a superar el estado de un modo creativo y  
favorable al bienestar y, en otros casos, se disparan comportamientos antisociales o  
autodestructivos (Miao et al., 2019; Kılıç et al.,2020).  
La emoción del aburrimiento también se puede relacionar con el concepto de marcador  
somático creado por Antonio Damásio (2018), que se refiere a las señales o sensaciones físicas  
y emocionales que experimentamos en respuesta a una situación o estímulo particular. Estas  
sensaciones pueden incluir el latido del corazón acelerado, el sudor en las manos, las  
mariposas en el estómago, entre otras. Las experiencias pasadas y las emociones se combinan  
para crear marcadores somáticos que, junto con los procesos psicológicos, forman una red de  
comunicación compleja en nuestro cuerpo. Esta red supervisa y regula diversas funciones  
fisiológicas internas (Damásio, 2018). El marcador somático se manifiesta incluyendo también  
la cultura, en tanto la experiencia contextual a la que la persona está expuesta y que influye  
en cómo se evalúa y responde a una situación (Damásio, 2018).  
Aburrimiento, contexto cultural y representaciones sociales  
El aburrimiento es una emoción, y ésta se construye y se vivencia dentro de un contexto  
sociocultural (Ellsworth, 1994; Frijda y Mesquita,1994; Markus y Kitayama, 1991; Frijda, 1986;  
Lutz, 1988; Ortony y Turner, 1990; Rosaldo, 1984). De hecho, si las personas cambian de  
cultura, lo conocido y las certezas adquiridas vacilan frente a los nuevos desafíos y  
entendimientos que el nuevo entorno les ofrece. Greenberg et al. (2004), apoyándose en Heider  
(1958), postulan que los significados que las personas otorgan a su entorno social determinan  
críticamente sus pensamientos, sentimientos y comportamientos.  
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El aburrimiento como fenómeno complejo: Una revisión interdisciplinaria desde una aproximación cognitiva, afectiva,  
neurobiológica y social  
Los valores, el idioma y las tradiciones que se comparten con un grupo de origen conforman  
la identidad étnica de un individuo (Phinney, 1990). La pertenencia a un grupo,  
internalizando sus normas y valores, otorga la identidad colectiva. Tajfel y Turner (1979)  
también consideran la importancia de lo que ellos denominan identidad social, porque afecta  
directamente cómo las personas se perciben (“nosotros”) y perciben a otros grupos (“ellos”),  
incluyendo el valor emocional y el significado que esa pertenencia tiene.  
Las representaciones sociales, creencias, ideas y valores ayudan a modelar la  
identidad. Moloney y Walker (2007) destacan cómo las representaciones sociales no solo  
reflejan, sino que también construyen la identidad social, influyendo en la forma en que los  
individuos y los grupos comprenden y se relacionan con el mundo. La visión del mundo de  
cada persona y de sí misma, depende de entendimientos compartidos, que a su vez cuentan  
con una validación social (Leary, 2010). Los otros proveen marcos interpretativos desde los  
cuales cada persona extrae significado para sus propias experiencias. Esos marcos de  
interpretación responden a la cultura en la que se vive, donde se promueven diferentes  
significados a través de las interacciones, mitos, enseñanzas históricas y los medios de  
entretenimiento (Heine, 2010). Los demás juegan un rol crucial en la construcción de  
significado porque pueden validar o invalidar las propias percepciones, ideas o  
interpretaciones de un sujeto (Festinger 1954; Swann,1987).  
La complejidad de las emociones involucra aspectos psicológicos, neurológicos y  
fisiológicos que, si bien están conectados, por sí mismos no son emociones. Esos componentes  
se combinan y toman forma a través de procesos sociales y culturales, mediante los cuales los  
individuos crean colectivamente una adaptación a su propio nivel sociocultural inmediato.  
En una búsqueda de adaptación y ajuste al entorno sociocultural, los procesos se organizan y  
transforman en emociones. Sentirse bien, orgulloso, avergonzado o enojado son emociones  
que se forman y personalizan con los episodios cotidianos, recurrentes y la vida cultural  
(Lutz,2011).  
Las emociones son guiones socialmente compartidos compuestos por procesos físicos,  
subjetivos y conductuales. Algunos de estos procesos se dan mentalmente y dependen de la  
persona, por ejemplo, su límite al dolor, sensibilidad al placer y otras respuestas sensoriales.  
Pero otros procesos se dan en las interacciones (Wertsch y Tulviste, 1992), por ejemplo, el  
ataque o el elogio como patrones de interacción son sentimientos socialmente compartidos de  
intimidad o antagonismo (Ellsworth, 1994; Frijda y Mesquita, 1994; Markus y Kitayama, 1991).  
Las emociones se evalúan según ciertas dimensiones, algunas universales (como  
novedad o agrado) y otras culturalmente específicas (como responsabilidad o control),  
influidas por el contexto cultural del individuo (Ellsworth, 1994). En Occidente, ajustarse a los  
imperativos culturales de “encajar con los demás” se integra en el sistema emocional,  
generando bienestar al cumplirlos y malestar al contradecirlos (Markus y Kitayama, 1991).  
Finkielsztein (2025) desarrolla una teoría relacional-expectacional del aburrimiento,  
destacando que es una emoción condicionada por factores sociales y culturales. Analiza cómo  
esta emoción se configura a través de las estructuras sociales, las expectativas y las  
experiencias colectivas, especialmente en contextos de desigualdad, consumo y trabajo,  
subrayando el papel central de la cultura en su vivencia y recurrencia.  
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Algunos Antecedentes  
La revisión sistemática de Camerini (2024) coincide con las críticas de Vodanovich y Watt  
(2016), señalando que las mediciones hechas para conocer más sobre el estado de aburrimiento  
no son enteramente confiables ni están actualizadas de acuerdo con los cambios tecnológicos  
de las últimas décadas. El 47% de los estudios, según Camerini et al. (2024), midió el rasgo de  
aburrimiento con las siguientes escalas: Multi Dimentional State Boredom Scale (MBS)  
(Fahlman et al., 2013) y su versión breve (Hunter et al., 2016); BPS (Farmer y Sundberg, 1986),  
y sus abreviaciones BPS-SF-8 (Struke et al., 2015) y BPS-SF-12 (Vodanovich et al., 2005); y la  
subescala de Susceptibilidad al Aburrimiento, de la escala de Búsqueda de Sensaciones (ZB)  
(Zuckerman et al., 1978).  
Para las mediciones en contexto específico se usó: la Dutch Boredom Scale (DBS)  
(Reijseger et al., 2013), en el laboral, y el Achievement Emotions Questionary (AE Q) (Pekrun  
et al., 2014) en el académico; la Leisure Boredom Scale (LBS) (Iso-Ahola y Weisinger, 1990); la  
subescala de Aburrimiento de la Leisure Experience Battery (LE B) (Caldwell et al., 1992) en  
ocio; y Sexual Boredom Scale (SBS) (Watt y Ewing, 1996), en contexto sexual. Vodanovich y  
Watt (2016) y Camerini et al. (2024) sugieren seguir revisando la fiabilidad y validez de los  
instrumentos de medición, incluir contenido más actualizados en las escalas, y evaluar su  
generalización en diversos contextos y culturas.  
A pesar de estas limitaciones, recientemente surgieron estudios que relacionan  
algunas variables presentes en el estado de aburrimiento, considerando así una perspectiva  
más holística del constructo y destacando el rol de la atención y el significado. El modelo MAC  
(Westgate y Wilson, 2018) sugiere que la atención y el significado son determinantes  
independientes de la experiencia, y la falta de atención es suficiente pero no necesaria.  
Los desajustes entre las demandas cognitivas y los recursos mentales disponibles, así  
como entre la actividad actual y la evaluación cognitiva, pueden provocar aburrimiento. El  
MAC enfatiza el desajuste entre las demandas cognitivas de la tarea y los recursos disponibles  
del individuo, considerando tanto la baja como la excesiva estimulación cognitiva como  
disparador potencial.  
En la misma dirección, el Boredom Feedback Model (BFM) de Tam et al. (2021)  
también lo asocia con procesos cognitivos atencionales y de valoración, pero a diferencia del  
MAC, ambas variables se relacionan. Cuando hay una discrepancia entre los niveles deseados  
y reales de compromiso atencional, surge el aburrimiento. Si se da un compromiso atencional  
inadecuado (IAE), se inicia un bucle de retroalimentación donde la atención se desplaza, y  
cuando algo la capta suficientemente, el aburrimiento se diluye. Esto dura hasta que la  
atención se desvía nuevamente debido al IAE volviendo al principio del modelo.  
Por otro lado, Danckert y Elpidorou (2023) revisan las teorías funcionales y sostienen  
que el aburrimiento puede surgir debido a una gama limitada de actividades atractivas o a  
una evaluación inadecuada del compromiso y valor en la situación. Sugieren que se trata de  
una experiencia compleja, que no se explica por una sola característica, y que el enfoque debe  
centrarse en la función del aburrimiento, que sirve como un impulso para buscar nuevas  
acciones y un mayor compromiso (Bench y Lench, 2019; Danckert, 2019;).  
El aporte de Danckert y Elpidorou (2023) es examinar cómo se transforma el  
aburrimiento en acción y proponen tres modelos: búsqueda de novedades, costes de  
oportunidad y despliegue subóptimo de la atención. Sin embargo, los autores señalan que los  
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neurobiológica y social  
modelos que postulan aún no explican la diferencia entre el estado y la propensión a  
experimentar aburrimiento. Siguiendo esa perspectiva, Trudel (2024) introduce el concepto  
de homeostasis como analogía para ubicar al aburrimiento como una señal que indica una  
desviación del compromiso cognitivo óptimo. También se refiere a la alostasis para explicar  
el aburrimiento crónico, y explora posibles indicadores neuronales — tanto del aburrimiento  
como del compromiso cognitivo— que son predictores de la creación de significado.  
Desde un enfoque existencial y de identidad social, los estudios demostraron que el  
aburrimiento, al generar una percepción de falta de significado, motiva a restablecer un  
sentido o propósito (van Tilburg e Igou, 2019; van Tilburg et al., 2019). Además, en cinco  
estudios experimentales hallaron que el aburrimiento situacional fortalece la identidad  
grupal, incrementa la valoración del grupo de pertenencia y la desvalorización del grupo  
externo como una forma de restaurar el sentido. Estos efectos no se explicaron por otros  
estados afectivos, destacando el rol específico del aburrimiento en la regulación del  
significado y la identidad social (van Tilburg e Igou, 2011).  
En esta línea, la literatura demuestra que las emociones, entre ellas el aburrimiento,  
pueden afectar los procesos de transformación de la identidad en la migración. Loughnane,  
Roth y van Tilburg (2024) investigaron cómo la nostalgia colectiva asociada a la identidad  
nacional británica se relaciona con el deseo de abandonar la Unión Europea. El estudio sugiere  
que los vínculos sociales influyen en los niveles de nostalgia y, a su vez, esta influye en las  
actitudes hacia la UE: los lazos con ciudadanos británicos aumentaron el deseo de salirse de  
la UE, mientras que los vínculos con europeos lo redujeron. El estudio destaca el papel de la  
identidad social y las emociones colectivas en decisiones políticas.  
También, Petkanopoulou et al. (2021) mostraron que evocar recuerdos nostálgicos  
relacionados con el país anfitrión favorece la integración bicultural. Este hallazgo sugiere que  
la nostalgia no es solo una emoción pasiva o centrada en la pérdida, sino que promueve  
vínculos afectivos positivos con el contexto actual, generando una percepción más armoniosa  
entre las identidades culturales y facilitando la adaptación intercultural como mecanismo de  
regulación identitaria. Además, Mok (2022) examinó cómo las emociones influyen en la  
experiencia identitaria de personas biculturales. Los resultados mostraron que quienes logran  
una Identidad Bicultural Integrada (BII) armonizan sus identidades culturales (alta BII) se  
sienten más auténticos y emocionalmente equilibrados; en cambio, quienes perciben conflicto  
entre sus identidades (baja BII) experimentan inautenticidad emocional. Conjuntamente, se  
halló que la autocompasión ayuda a reducir este malestar, lo que destaca el papel de las  
emociones como reguladoras de la identidad bicultural. La identidad colectiva es dinámica y  
multidimensional y se configura en función del contexto y la experiencia emocional (Ashmore  
et al., 2004); y las atribuciones de sentido son cruciales para redefinir la identidad (Smid, 2020).  
En esa dirección, Smid (2020) señala que la pérdida de un ser querido transforma la  
visión del mundo, así como el lugar que una persona ocupa en él. Esta observación aplica  
también para lo que se pierde en una migración. Smid (2020) propone que el duelo implica un  
proceso de atribución de significado que permite integrar la pérdida, redefinir la identidad y  
orientar el futuro. Este proceso puede facilitar o dificultar la adaptación, según el sentido  
atribuido. El autor presenta un marco teórico compuesto por 17 determinantes agrupados en  
cinco categorías: evento, cultura, entorno social, características individuales y relaciones  
Retos de la Ciencia, 10(21), 47-62.  
ISSN 2602-8237  
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personales. La atribución de sentido se entiende como un proceso adaptativo, influido por  
múltiples factores y abordado desde una perspectiva interdisciplinaria y sociocultural.  
Desde la perspectiva neurocientífica, en los últimos años se registran avances  
empíricos en el estudio del aburrimiento y sus consecuencias. Se lo relaciona con menor  
actividad beta en la corteza prefrontal dorsolateral izquierda (Tabatabaie et al., 2014) y la  
presencia de ondas alfa (Oswald, 1962, como se citó en Danckert y Elpidorou, 2023). En las  
personas aburridas hay disfunción en la regulación de la atención, la actividad de la red  
neuronal por defecto y un impacto en el sistema de recompensa, lo que influye en la búsqueda  
de actividades más estimulantes (Danckert y Merrifield, 2018). Las neuroimágenes de los  
estudios de Yacobi Danckert (2024) sugieren que la propensión al aburrimiento está asociada  
con una toma de decisiones ruidosa y no con la búsqueda de riesgos de por sí. Por su parte,  
Trudel (2024) observó que el aburrimiento inducido se acompaña de respuestas fisiológicas  
de estrés, lo que confirma su carácter de estresor y su función para reorientar hacia actividades  
más significativas.  
CONCLUSIONES  
En este recorrido por la literatura se revisó la investigación existente sobre el aburrimiento,  
profundizando y articulando diversas perspectivas que proporcionan una mejor comprensión  
y fundamentación teórica del constructo. El aburrimiento ha planteado un importante desafío  
para su entendimiento porque se comenzó a abordar dicotómicamente, ya sea pensándolo  
como consecuencia de una situación que no estimula lo suficiente o como una predisposición  
de la persona. Estos enfoques aún mantienen pendiente esclarecer qué es el aburrimiento  
como estado y como rasgo.  
Las investigaciones llevadas a cabo generalmente se centraron en el rasgo debido a los  
instrumentos disponibles; se realizaron en población universitaria y sin delimitar un contexto  
específico, lo que limitó captar la riqueza del constructo. A partir de considerar los hallazgos  
que despejaron los aspectos con los que se puede conceptualizar el aburrimiento, así como los  
resultados que lo han dejado indiferenciado de otros estados afectivos adversos o no alcanzan  
a explicar las respuestas contradictorias que produce, los estudios revisados permiten afirmar  
que el aburrimiento constituye una experiencia compleja que no puede reducirse a una sola  
dimensión ni a un único modelo explicativo.  
Las perspectivas cognitivas, afectivas y funcionales caracterizan el aburrimiento como  
un estado aversivo que surge de un desajuste atencional, de la falta de significado y agencia,  
y de evaluaciones de bajo control y valor. Al mismo tiempo, cumple una función reguladora  
de la conducta que señala la necesidad de cambio. De este modo, lejos de constituir una  
vivencia trivial, el aburrimiento se revela como un fenómeno con una alta potencia para  
motivar comportamientos que tienen significativas implicancias en la vida individual y  
colectiva.  
La inclusión de las perspectivas neurobiológicas aporta evidencia de que la emoción  
del aburrimiento implica correlatos neurofisiológicos que involucran la corteza prefrontal y  
la actividad de la red neuronal por defecto, confirmando su carácter de señal que alerta para  
buscar nuevas formas de compromiso. Estos hallazgos permiten avanzar en la integración de  
la psicología con las neurociencias, ampliando la comprensión de los procesos implicados en  
la experiencia de aburrirse.  
Fundación Internacional para la Educación la Ciencia y la Tecnología, FIECYT.  
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El aburrimiento como fenómeno complejo: Una revisión interdisciplinaria desde una aproximación cognitiva, afectiva,  
neurobiológica y social  
Las experiencias pasadas y las emociones se combinan y crean marcadores somáticos  
que, junto con los procesos psicológicos, forman una compleja red que regula diversas  
funciones fisiológicas. El marcador somático se manifiesta incluyendo también la cultura, en  
tanto la experiencia que la persona tiene interactuando con su entorno, y que influye en cómo  
se evalúa y responde a una situación. No obstante, la articulación más específica entre  
aburrimiento, neurobiología y procesos de toma de decisiones constituye una línea de  
indagación aún en desarrollo, cuyo abordaje futuro promete enriquecer el campo y aportar  
claves para comprender mejor la relación entre emociones, cognición, acción y contexto.  
Finalmente, al situar la dimensión cultural y social del aburrimiento, se reconoce que  
éste no se experimenta de manera universal ni aislada, sino que se configura en interacción  
con marcos simbólicos y contextos históricos compartidos. De este modo, el aburrimiento se  
vuelve un prisma desde el cual estudiar cómo las personas, condicionadas por sus recursos  
psicológicos, biológicos y culturales, buscan sentido y adaptan sus estrategias de regulación  
emocional. Esta integración abre nuevas posibilidades de investigación y refuerza la  
necesidad de abordar el aburrimiento desde una mirada interdisciplinaria. La revisión de la  
literatura sugiere que futuros estudios podrían aportar una contribución interdisciplinaria  
abordando de manera más integral los múltiples factores que intervienen en el aburrimiento,  
así como la dinámica que se despliega entre los recursos subjetivos y el contexto en el que  
estos operan.  
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